Saturday, July 27, 2013

Ahora corro Goran

la comedia picante

y la tragedia,

en plaza de los locos

plaza bacana y guarra

que sigue siendo espacio

coronado de guerras muy perdidas.

Plaza del fuego amigo en

cada gota de sangre familiar.

Plaza donde jalé Rohypnol y compré faso,

al pie del ombú grande.

Plaza magnética

la del bien y del mal;

plaza-arbol del más conocimiento.

O corro plaza Dylan

a canción pura de sombrero y baqueta,

y cuando suena el ronco Boby,

judío aventurero universal

de las cien mil canciones

del infinito swing

del sabor negro y rengo,

todo parece perdonarme.

Claro que hay otras plazas,

más heroicas, salvajes, federales.

Pero esta es mía, mía, mía,

como la Ferrari del riojano.

Y la plaza es más mía, especialmente,

si corro Acedecé,

a las seis treinta a.m.

En esta plaza antigua

donde cayeron todas

las bombas familiares,

corro y sé

que bien puedo

correr,

así,

lo lento,

lo lento,

lo lento,

para siempre.

Que la plaza no es mala

que hasta tiene una virgen,

y fumones pacíficos

y bicis amarillas,

las gratis, para todos,

que brinda mister Burns

para alegría de niños

y adultos por igual.

No presume esta plaza

de “ocasos” ni “lágrimas de sal”, ni “abismos”

ni cualquiera de esas obscenidades

que abaratan el verso.

Por eso, cuando puedo,

la corro incluso Kiss,

y en vez de relatar las

bombas familiares

repito este ritual

y sigo compartiendo

lo esencial

con mi abuelo,

que también la rodeaba

con enérgico paso,

porque esta patria extraña,

y toda plaza en ella,

era su patria suya

era tan suya, suya, suya,

como su suya vida,

mucho más vasta

que Ferraris putañeras.

Por eso,

doy vueltas a la plaza

con los auriculares puestos

escuchando otros himnos:

nuestros,

nuestros,

nuestros.

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