Monday, April 10, 2017

Inteligencia

Salió del corazón rompiendo las costillas
que despuntaron la carne
y abrieron una tumba roja a un costado del pecho.
Parió un cuervo en ese corazón.
Un cuervo.
Que creció junto al ventrículo y se hizo un lugar a empujones de órganos.
Creció los nueve meses. O lo que tardan los bebés cuervos en nacer.
Y se abrió paso a picotazo limpio, a herida pura.
Se abrió como un grito
que jamás es prudente.
Y dejó un revoltijo de plumas negras y vísceras y pedazos de carne
de lunas y de sal.

Y sí, fue una carnicería.

Pero así son las ideas.


Wednesday, January 25, 2017

Torpezas

Qué torpe que fue el árbol que deseaba ser bosque
qué torpe el río que envidió al mar de sombras
qué torpe el caracol que quiere tener alas
qué torpe el sentido del gusto
embotado
por un falso falafel de una falsa evolución de una cocina que nunca existió
y qué torpe el garbanzo
que no crece de a muchos
qué torpe el gato que no atrapa ratones
qué torpe el funcionario que se cree un limón
y que anda por ahí garroneando buen vino sin saber lo que es
y sentándose en la mesa de otros coliflores
qué torpe el soñador que sueña con colinas
con brezo y con abejas
con flores y con whisky
qué torpes los campos de centeno
que extrañan al pan y al vodka y a los arenques
qué torpes los ratones que no huelen el queso
qué torpe el cocinero que no cree en la música
qué torpe Dios que no cometió errores
que embellecen lo diario como gotas pequeñas
en el espejo lateral del auto
qué torpe el propietario que se piensa que es juez
y recuerda nostalgias de gente que no fue
nunca lo que ellos piensan
y se ven a sí mismos como forjadores de huellas
que las borra el instante.

Saturday, August 27, 2016

La paloma y la araña

Mas que migajas
semillas encantadas partidas

te convidaron pan
y convocaste remolino de plumas

manos boca reíste con todo el cuerpo
cazador primitivo

la araña se hundió bajo un ala
y como al espejo quebré el parque

corrías
te alejabas entre risas despojado de todo
excepto de mis impresiones

Thursday, August 25, 2016

La Calle de los Árboles Ausentes


Nací en la calle de árboles ausentes.

Angosta para el humo de tantos colectivos.

Al atardecer el sol se reflejaba en los vidrios cegando a las amas de casa que hacían su propio humo de churrascos. Cual pequeños soles, uno en cada casa y cada casa con sus olores.

Siempre que entraba a una casa nueva me impactaban los olores de la gente que allí vivía, en sus cientos de ventanitas, asesinando bifes de chorizo.

Yo, que no tengo recuerdos de mi mismo,
bajaba al garaje en supuestas emboscadas de armas de plástico y gritos enfrentando a esos monstruos unívocos como ascensor de servicio o incinerador que era una puerta trampa con un tobogán hacia el misterio.

¿Te acordás de los incineradores?

Había sólo miedos, pero no dudas.

Y en algún momento de esa infancia, cuando era transparente y anónimo, los incineradores fueron reemplazados por las compactadoras que vinieron con escaleras mecánicas, mangueras contra incendio, matafuegos y sala de ascensores.

En ese planeta-niño las palabras eran entidades casi siempre amenazantes y los adultos eran gente caprichosa que hacía lo que quería. Y yo deseaba ser adulto para también hacer lo que quería.
Hacía ecuaciones contando años como los presos. Decía por ejemplo: me quedan catorce años para no ir más al Club.-
Decía: faltan dos mil trescientas levantadas temprano para no ir más al colegio.-
Eran cuentas fantásticas, que iban y venían, un poco como los algoritmos que fabrica la NASA para no errarle a un planeta.

Me regalaron mi primer vaso de cerveza un verano en Luján y con él se escaparon los monstruos queridos.
Vinieron otras palabras heladas, falsas capas de lo indecible: Dictadura, Escolaridad, Obra Social, Marcha, Carnet, Sociedad de Consumo, Escalafón, Trámite, Examen, Servicio Militar, Agrupación, Organización, Inflación, Tecnología, Unión Soviética, Primera División, Derechos Humanos, Partido Político, Movimiento.

El cuerpo y el presente dejaron lugar a construcciones de entelequias inestables. Ya no era, ya no estaba, ahora y cada vez más sólo pensaba, solo me proyectaba en pensamiento.

Mi cabeza con cierta lucidez llegó a leer sus nombres esquizofrénicos de Derecho-Partido-Unión pero tanto quería llegar, que llegué.

Porque yo deseaba ser adulto para también poder hacer lo que quería.

Y ahora, en los pocos momentos en que no me anestesia el ruido, pienso en esos queridos monstruos míos con alegría. Y cuando paso por la calle de mi infancia sólo hay algo que no cambia:

La ausencia de los árboles.

Monday, July 25, 2016

Evocación adulta


Y lo primero que golpea es el aire. Y el frío.
Golpean de improviso como un revés de viento que barre ese rumor perpetuo de ciudad. El ronronear de motores y de gente, de bocinas y entredichos callejeros que conforman la banda de sonido que acompaña la vida y aturde sin registro.
Se notifica del ruido que sigue en los oídos hasta que el túnel de la noche y la carretera y los quilómetros de líneas punteadas, sucesivas, se cortan de golpe frente a la tranquera que se los devora.
Baja abrirla y lo primero que golpeó es el aire que hace doler los pulmones. Y el frío en la punta de la nariz y en las orejas. El candado frío, la madera curtida de cicatrices y la huella de un camino que se pierde en el pasto y en el desierto que recorta en la penumbra la imagen de un monte de talas.
Siempre que entra al campo la luz está malherida: como un navajazo de amanecer en el azul marino o como un destello furioso de naranja cuando el sol se pone y deja una estela que soporta la ofensiva final de la noche, y finalmente muere.
Siempre que entra al campo sus ojos se detienen en las pequeñas cosas.
En las hormigas que construyeron su ruta en la tranquera.
En las bayas de enebro tiradas en el suelo.
En los hongos crecidos al calor de la lluvia y de la tierra.
En los teros atentos a sus nidos. En las manos de los caballos. En el lejano reflejo del río.
Y lo esperan saludos en ladridos de perros familiares,
maullidos a la luna o a ratones invisibles.
Lo esperan los balidos y mugidos
de los recién paridos.
La canción de chirridos del molino de hierro, los últimos grillos del calor del verano y el vozarrón del viento al pasar por la galería que está quieta, siempre igual con sus baldosas siempre iguales que son las que marcan el tiempo medido en décadas.
Son las mismas baldosas que se achicaron con los años a medida que crecía. Y sin embargo la inmensidad del campo confluye en uno solo que es aún niño y a la vez, no. Como si se desdibujar el tiempo o como si toda aquella grandilocuencia lo hiciera sentir pequeño, hombre al fin y nada al fin, reducido a la vida que se sintetiza en toda esa imagen que se cuela en los ojos cuando se abre la puerta del comedor.
Y lo primero que golpea es el aire. Y el frío.

Evocación infantil


Ay si pudiéramos bebernos esta tarde  
esas distancias ciclópeas de la infancia
cuando las casas bamboleantes se medían desde los ojos
a metro escaso del piso.

Revivir aquellos veranos eternamente quietos
que concentraban en un punto el silencio de las siestas periódicas de los adultos con nuestros susurros y nuestros pasitos quedos que intentaban no ser sorprendidos.
Concentraban toda esa quietud hasta rebalsar el vaso en ese punto en que explotaba la tormenta.
Oscura y veloz, como sus flechas eléctricas que desgarraban el cielo y como ese viento que llegaba de improviso anunciándola, llevándose toda la pesadez del calor y los mosquitos.

Por un rato.

La tranquera curtida que delimitaba la frontera hacia los potreros llenos de aventuras
donde la supervisión adulta no llegaba
O llegaba a medias.
Salir con botas de goma, cantimplora y un palo por escopeta. Esconderse tras un tala, prestando atención a no pincharse, a no hacer ruido, siempre detrás de alguno de los grandes que ejercían el mando con tiranía casi adolescente y llevaban con placer y fastidio la carga de cuidarnos.
A nosotros.
Los pequeños.
Qué empezando desde abajo en la jerarquía de ese ejército infantil del verano, aprendíamos sobre estos pequeños juegos de la vida, donde a veces se hace y a veces se obedece.

Íbamos a Los Talas y para ello había que remontar la calzada que era demasiado impetuosa para nuestras botas de goma. Y algunos no podíamos y allí los grandes hacían algo más que tiranizarnos, ahí lejos de los adultos nos arrojaban al otro lado del pequeño arroyo, como una bolsa de papas, y tanto era el pánico que nos moríamos de risa a carcajadas.

Había que arrastrarse por el pasto y ser veloz en reconocer los cardos y evitar al ejército enemigo de vacas y terneros.
Caminar entre cañas y charcos al cerro de Las Cabras y contemplar el río de reflejos de cielo que baja como piezas de un rompecabezas acuático.

Y comer todos juntos y dormir todos juntos y despertar en la noche por el miedo o por ladridos de los perros a la luna o a otros perros. Sospechar de las puertas de pomos casi hundidos, de celosías entreabiertas y chirridos.

Despertar temprano y esperar la aventura de ese día, de cada uno de los días, iguales al anterior y distintos al anterior, iguales y distintos como la punta de un dedo o como una caricia. Y ese mundo tan quieto que se fue de repente.

Se fue, como el día aquel, en que se acabó el verano.